27.5.21

La única historia de los pueblos

Ana Iris Simón, autora de Feria, pronunció un discurso ante Pedro Sánchez hace unos días. Habló de trabajo, vivienda y opciones de vida - o falta de ellas - en los pueblos de España. Y por esto se ha ganado los dos minutos de odio de esta semana en Twitter. Si no os han llegado ecos de la polémica, podéis ver el vídeo sobre estas líneas.

Me flipa lo poderosas que son las palabras. Ana Iris estaba ahí porque ha escrito un libro que ha removido a muchos lectores. Da cierto orgullo manchego ver hasta dónde ha llegado escribiendo de la tierra, nuestra tierra, de la que nadie habla nunca, aunque quizá esto me vuelva “parcial”. Es de las cosas que ha destacado esta controversia: hay que escoger un lado, siempre. O eres eso o eres aquello. Si esto no te parece fatal, es que te parece genial.

Me fascina la forma en que le dan mil vueltas a sus palabras y a su libro para que diga lo que ellos dicen que dice o para que encaje en lo que ellos pretenden que ella es o les conviene que sea. La derecha parece que está entre la indiferencia y el abrazo propietario: Ana Iris pulveriza a Pedro Sánchez - que no falten hipérboles -. La izquierda le ha dado más cerca. No encaja con ellos, no sé bien por qué, y la colocan en el oscuro limbo de "la equidistancia". La tachan desde extremo centro a neofalangista e interrogan a su libro hasta que confiese que es así. "¡Ha leído a Ramiro Ledesma!", admite lloroso el pobre texto. La vieja premisa de "si te gusta el autor tal, compartes la ideología cual".

Su ensayo tiene muchísimos matices, pero tal cosa no cabe en las redes sociales. Ella decía en una entrevista que a muchos de sus haters les gusta dejarle claro que no han leído el ensayo. Pero si algo resuena en mi mente con todo este asunto es la mitificación del pasado. Es de lo principal que se acusa a Ana Iris, no solo ahora con el discurso, sino también a raíz de Feria

En el discurso dice que envidia a sus padres cuando tenían su edad, porque ellos tenían muchas cosas garantizadas que nosotros no. El libro empieza así: “me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad”. Y la verdad, fue uno de los mensajes que yo intuí en sus páginas: “el pasado (a veces) estaba mejor”.

Juega mucho con la idea de que algunas cosas de los 90 y antes molaban más, y otras no tanto. Está lleno de nostalgia, si bien a mí no me llegó tanto la añoranza material de la que hablan las redes como aquella diferente, que creo que es lo principal en Feria: la de un mundo sin móviles, más de papel, de hablar y de estar en el entorno inmediato - el pueblo, por ejemplo -. Y también, en lo tangible, un mundo más sólido. En el que nuestros padres tenían certezas, que es lo que nosotros nos falta en esta incertidumbre.

Aquí es donde empieza la movida en las redes. Hay de todo, como siempre, incluyendo mucho odio y mucho insulto repugnante y también personas que expresan dudas razonables y quieren un debate constructivo - lo que nunca encontrarás en Twitter -. Pero todos tienen un argumento común: el libro y el discurso son dañinos porque idealizan el pasado, y el pasado era una mierda. Se invisibiliza el sufrimiento, se blanquea el franquismo y demás.

Con mayor o menor elegancia hablan de lo terrible que era todo, de lo dura que era la vida. Todos cuentan alguna historia sobre alguien de su familia que tenía que trabajar de sol a sol para mantener a un montón de hijos. En la mecánica típica de las redes, compiten sobre quién tenía los abuelos más pobres y con más niños a su cargo. El pasado, sobre todo en los pueblos, era un erial infinito donde solo cabían pobreza y represión franquista. Y esto me chirría: la mitificación del pasado. El pasado único.

Es la historia única de la que hablaba Chimamanda Ngozi. Los europeos visualizan el África que se muere de hambre, y cuando alguno viaja allí y ve que hay ciudades con calles asfaltadas, coches, parques y bares donde la gente se va de cervezas, ¡qué locura! Cuesta creerlo.

Ocurre con cualquier "única historia" que el colectivo asuma sobre algo. También los pueblos españoles, su pasado y su presente. Los pueblos hoy son lugares tranquilos y remotos, habitados por gente llana. Siempre acento andaluz o maño. Son todos muy majos, muy salaos, pero un poco ignorantes; de ignorancia buena, inocente. ¿Y el pasado, nuestros padres? Vivían en la miseria y la represión fascista y esta era la única dimensión de su realidad. No existía nada más. Es lo que hemos visto durante décadas en las películas, al fin y al cabo. En los pueblos se trabajaba de sol a sol en algún trigal, y como mucho alguna pareja joven lograba escaparse a follar al gallinero, con algún niño espiándoles. Y luego llega la Guardia Civil a detener gente. Y así seguía la vida en una posguerra infinita.

Pero la posguerra terminó, y los pueblos fueron y son mucho más que eso. Ana Iris habla de una dimensión desconocida del pasado de los pueblos. Porque en el discurso habla sobre todo de sus padres. Cuando menciona a sus abuelos, se refiere al tiempo en que sus padres ya habían nacido. Es el tiempo en que llega el desarrollo y, con él, termina la excepcionalidad histórica, algo a lo que el libro dedica bastantes páginas. Los críticos de Twitter, en cambio, insisten en viajar a los años 30 y 40, que son los que han visto en las películas.

No disponen de una historia sobre lo que ocurría en la España rural entre los 70 y los 90. No saben de la mucha gente que se fue a estudiar fuera y de los proyectos que emprendieron al regresar, ni hablan de los movimientos asociativos de todo tipo, ni conciben que en los pueblos la gente también tenía vida, que iban al teatro y lo representaban, que visitaban exposiciones, que leían libros y los escribían, que había conciertos - no solo la estereotípica verbena - que había cafés donde la gente charlaba de política, filosofía, de lo divino y lo humano. Que no eran ni son ciudades, pero eso no les arrebata una realidad con muchas más dimensiones que la que se reproduce una y otra vez.

Mis padres crecieron en una España pobre. Precisamente ayer, charlando sobre esto, le pregunté a mi madre hasta qué punto afectaba la represión a su vida y me dijo que desde muy niña sabía quién era Franco, qué significaba y que de muchas cosas no se podía hablar. Y mi padre fue niño con unas privaciones materiales que yo no me imagino para mí. Pero ninguno de los dos sufrió hambre. Los dos pudieron estudiar y, siendo mucho más jóvenes que yo, tenían la vida encarrilada. Cuando pienso en su generación siento que somos un espejo: ellos nacieron en una miseria de la que fueron emergiendo, y nosotros crecimos en una abundancia que se ha ido desvaneciendo. Y entiendo que el pasado es un lugar muy amplio y con muchas capas; no me habría gustado tener los 30 años de mi abuelo, pero envidio los de mi padre.

El pasado no fue una sola historia. La narrativa sobre los pueblos, la que le han tirado a Ana Iris a la cabeza, es la de una única historia: la de la generación de nuestros abuelos, la de la Guerra Civil y la posguerra. Y es solo una de las muchas que se podrían contar. La modernidad no fue algo que cayó del cielo, aunque la ciudad siga mirando a lo rural como una inmensa reserva habitada por exóticos indígenas. 

Tanto es así que no falta un cierto espíritu civilizador. Porque Ana Iris es de un pueblo manchego, pero las redes se han llenado de gente explicándole cómo eran las cosas allí, lo mal que vivían sus padres y sus abuelos y lo equivocada que está. Necesitan las provincias de España que alguien de Madrid les instruya sobre lo terrible que era todo y cómo ahora deben dar gracias, aunque ese alguien solo haya pasado por aquí para ir a la playa o para hacer senderismo algún domingo y no sepa cómo se vive ni lo que es encadenar un año tras otro sin perspectivas de futuro.

Mi hermano me contó una vez algo interesante sobre la vendimia, algo que le confesó un hombre del campo. Uno que había trabajado en la viña desde muy crío. Era sabiduría popular en los pueblos de La Mancha que el campo era antiguamente mucho más duro que ahora. En los tiempos antiguos sí que sufrían, pero no se quejaban, no como vosotros que por cualquier chorrada ya estáis llorando. “¿Sabes qué?”, le dijo aquel hombre a mi hermano. “A mí la vendimia se me hace más dura ahora”. Y tenía un buen motivo. Le dijo que, aunque la vendimia siempre fue difícil, se hizo aún peor con la generalización de los tractores. Se trabajaba mejor cuando iban con un carro de mulas. El tractor lo había acelerado todo. Había que coger más kilos en menos días. Les obligaba a correr. “Pero no se lo cuentes a nadie”, le decía riendo. Porque, medio en broma medio en serio, aquello era admitir algo inaceptable: que el pasado no siempre era tan terrible. Aceptar que existen muchas dimensiones; que algunas cosas eran mucho peores, y otras no tanto. 

Pero la idea que nos ha llegado, la única historia, es la de que el pasado era un lugar horrible. Y si crees o te planteas lo contrario, o eres un ingenuo o un fascista.

2 comentarios:

  1. Nuestros hijos viven peor que nosotros a su edad, y eso es una evidencia constatada

    Nos hemos olvidados de los jóvenes. Una pena. Un abrazo

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  2. interesante lo que cuentas Un poco largo tendrias que resumirlo la gente no tiene tiempo
    Un abrazo inmenso

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