9.6.21

Todos somos un negocio

Esta tarde intenté hacerme una cuenta de Google Analytics. Al registrarme, me pedían un montón de datos sobre mi empresa. No existía la opción de decirle que mi cuenta no es para ningún negocio, que solo soy un tipo anónimo con un blog.

Cuando me aficionés a los blogs, hace ya más de diez años, también me registré en Google Analytics. Entonces, si querías utilizar tu cuenta para una empresa, tenías que especificarlo. Ahora no se trata de que la cuenta de negocios tenga prioridad, es que es la única cuenta. Si eres una persona anónima lo único que te queda es fingir y decir que tu compañía tiene un tamaño de "entre uno y nueve empleados", como si el blog fuera tu negocio.

No importa lo que seas para Google Analytics, después de todo no les importa tu existencia. Pero me interesa el nuevo paradigma. Ya no se concibe que una persona abra su ordenador y escriba un blog solo porque le da la gana. Porque le gusta, le apetece, se aburre. Por lo que sea.

Escucho muchos podcasts, y todos ellos tienen Patreon. Cuando agradecen a los usuarios que ya se han suscrito siempre dicen lo mismo: "gracias a las personas que hacen posible este podcast". En la inmensa mayoría de casos esto no es verdad. El blog sería posible sin ellas.

No me entendáis mal, no creo que haya nada malo con ganar un dinero en Patreon. De hecho, si yo tuviera un podcast, también lo intentaría. Pero no creo que dijera que es indispensable para que mi podcast, o mi blog, sea posible. Yo tengo este blog desde hace más de una década, y durante bastantes años tuve uno mucho más activo en el que hablaba de política. Recuerdo que cada entrada me llevaba un buen tiempo de documentación, redacción y corrección. Era un curro. Y jamás cobré un céntimo por ello. Fue posible porque yo lo hice posible. La única inversión que necesitas para un blog es un ordenador, una conexión a internet y tiempo.

Sé que algunos dirán que el tiempo es tan valioso que necesita ser compensado con dinero. Concuerdo en que el tiempo es una de las posesiones más preciadas, si no la que más. Pero lo siento, no creo que ganar dinero sea una condición indispensable para hacer un blog o un podcast.

¿Creo que es malo que las personas tengan una oportunidad - aunque ínfima - de ganar unos euros con sus creaciones en internet? Para nada. Pero echo en falta el antiguo paradigma. La loca idea de la internet en la que podías hacer algo interesante solo por el hecho de hacerlo. Porque te apasionaba, o te divertía o te hacía feliz. Y querías compartirlo con el mundo, y al mundo le interesaba.

Esta era otra compensación. No había un sistema para cobrar por lo que escribías en tu blog, pero la gente lo leía. Se interesaba, participaba y lo compartía, y el valor de lo compartido estaba en el contenido mismo.

En la red que conocemos ahora, no se concibe que alguien esté creando algo y no sea un negocio. Todos somos un negocio.

En el escenario actual, codificado a través de las omnipresentes suscripciones, veo muy difícil esta forma de distribuir conocimiento. La gente se suscribe a blogs o podcasts que aportan soluciones - que ya existían antes de Patreon, pero se publicaban gratis -. Todos los medios digitales tienen ahora muros de pago. Y, ¿qué fue de la cultura libre? Aquel movimiento hizo mutis por el foro con la aparición de Netflix. Se suponía que disponer de series gratis - cosa común hasta 2010, más o menos - era decisivo para el futuro de la cultura humana; pero pagar 10 o 20 euros al mes ha sido un precio aceptable por cambiar de idea.

No critico a los creadores que hacen lo que pueden por ganar algún dinero que les sirva, aunque sea, para pagar el alojamiento de su web. Yo lo haría si pudiera, y quizá lo haga algún día. Lo que lamento es el estado actual de cosas, el estrecho marco que han creado para contenernos. Internet pudo haber sido una gran herramienta para la humanidad. Quiso ser un vergel del conocimiento, pero las redes sociales y las plataformas lo han convertido en un entorno semiárido donde casi nada crece y solo queda pelearse por el escaso agua que nos dejan.

27.5.21

La única historia de los pueblos

Ana Iris Simón, autora de Feria, pronunció un discurso ante Pedro Sánchez hace unos días. Habló de trabajo, vivienda y opciones de vida - o falta de ellas - en los pueblos de España. Y por esto se ha ganado los dos minutos de odio de esta semana en Twitter. Si no os han llegado ecos de la polémica, podéis ver el vídeo sobre estas líneas.

Me flipa lo poderosas que son las palabras. Ana Iris estaba ahí porque ha escrito un libro que ha removido a muchos lectores. Da cierto orgullo manchego ver hasta dónde ha llegado escribiendo de la tierra, nuestra tierra, de la que nadie habla nunca, aunque quizá esto me vuelva “parcial”. Es de las cosas que ha destacado esta controversia: hay que escoger un lado, siempre. O eres eso o eres aquello. Si esto no te parece fatal, es que te parece genial.

Me fascina la forma en que le dan mil vueltas a sus palabras y a su libro para que diga lo que ellos dicen que dice o para que encaje en lo que ellos pretenden que ella es o les conviene que sea. La derecha parece que está entre la indiferencia y el abrazo propietario: Ana Iris pulveriza a Pedro Sánchez - que no falten hipérboles -. La izquierda le ha dado más cerca. No encaja con ellos, no sé bien por qué, y la colocan en el oscuro limbo de "la equidistancia". La tachan desde extremo centro a neofalangista e interrogan a su libro hasta que confiese que es así. "¡Ha leído a Ramiro Ledesma!", admite lloroso el pobre texto. La vieja premisa de "si te gusta el autor tal, compartes la ideología cual".

Su ensayo tiene muchísimos matices, pero tal cosa no cabe en las redes sociales. Ella decía en una entrevista que a muchos de sus haters les gusta dejarle claro que no han leído el ensayo. Pero si algo resuena en mi mente con todo este asunto es la mitificación del pasado. Es de lo principal que se acusa a Ana Iris, no solo ahora con el discurso, sino también a raíz de Feria

En el discurso dice que envidia a sus padres cuando tenían su edad, porque ellos tenían muchas cosas garantizadas que nosotros no. El libro empieza así: “me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad”. Y la verdad, fue uno de los mensajes que yo intuí en sus páginas: “el pasado (a veces) estaba mejor”.

Juega mucho con la idea de que algunas cosas de los 90 y antes molaban más, y otras no tanto. Está lleno de nostalgia, si bien a mí no me llegó tanto la añoranza material de la que hablan las redes como aquella diferente, que creo que es lo principal en Feria: la de un mundo sin móviles, más de papel, de hablar y de estar en el entorno inmediato - el pueblo, por ejemplo -. Y también, en lo tangible, un mundo más sólido. En el que nuestros padres tenían certezas, que es lo que nosotros nos falta en esta incertidumbre.

Aquí es donde empieza la movida en las redes. Hay de todo, como siempre, incluyendo mucho odio y mucho insulto repugnante y también personas que expresan dudas razonables y quieren un debate constructivo - lo que nunca encontrarás en Twitter -. Pero todos tienen un argumento común: el libro y el discurso son dañinos porque idealizan el pasado, y el pasado era una mierda. Se invisibiliza el sufrimiento, se blanquea el franquismo y demás.

Con mayor o menor elegancia hablan de lo terrible que era todo, de lo dura que era la vida. Todos cuentan alguna historia sobre alguien de su familia que tenía que trabajar de sol a sol para mantener a un montón de hijos. En la mecánica típica de las redes, compiten sobre quién tenía los abuelos más pobres y con más niños a su cargo. El pasado, sobre todo en los pueblos, era un erial infinito donde solo cabían pobreza y represión franquista. Y esto me chirría: la mitificación del pasado. El pasado único.

Es la historia única de la que hablaba Chimamanda Ngozi. Los europeos visualizan el África que se muere de hambre, y cuando alguno viaja allí y ve que hay ciudades con calles asfaltadas, coches, parques y bares donde la gente se va de cervezas, ¡qué locura! Cuesta creerlo.

Ocurre con cualquier "única historia" que el colectivo asuma sobre algo. También los pueblos españoles, su pasado y su presente. Los pueblos hoy son lugares tranquilos y remotos, habitados por gente llana. Siempre acento andaluz o maño. Son todos muy majos, muy salaos, pero un poco ignorantes; de ignorancia buena, inocente. ¿Y el pasado, nuestros padres? Vivían en la miseria y la represión fascista y esta era la única dimensión de su realidad. No existía nada más. Es lo que hemos visto durante décadas en las películas, al fin y al cabo. En los pueblos se trabajaba de sol a sol en algún trigal, y como mucho alguna pareja joven lograba escaparse a follar al gallinero, con algún niño espiándoles. Y luego llega la Guardia Civil a detener gente. Y así seguía la vida en una posguerra infinita.

Pero la posguerra terminó, y los pueblos fueron y son mucho más que eso. Ana Iris habla de una dimensión desconocida del pasado de los pueblos. Porque en el discurso habla sobre todo de sus padres. Cuando menciona a sus abuelos, se refiere al tiempo en que sus padres ya habían nacido. Es el tiempo en que llega el desarrollo y, con él, termina la excepcionalidad histórica, algo a lo que el libro dedica bastantes páginas. Los críticos de Twitter, en cambio, insisten en viajar a los años 30 y 40, que son los que han visto en las películas.

No disponen de una historia sobre lo que ocurría en la España rural entre los 70 y los 90. No saben de la mucha gente que se fue a estudiar fuera y de los proyectos que emprendieron al regresar, ni hablan de los movimientos asociativos de todo tipo, ni conciben que en los pueblos la gente también tenía vida, que iban al teatro y lo representaban, que visitaban exposiciones, que leían libros y los escribían, que había conciertos - no solo la estereotípica verbena - que había cafés donde la gente charlaba de política, filosofía, de lo divino y lo humano. Que no eran ni son ciudades, pero eso no les arrebata una realidad con muchas más dimensiones que la que se reproduce una y otra vez.

Mis padres crecieron en una España pobre. Precisamente ayer, charlando sobre esto, le pregunté a mi madre hasta qué punto afectaba la represión a su vida y me dijo que desde muy niña sabía quién era Franco, qué significaba y que de muchas cosas no se podía hablar. Y mi padre fue niño con unas privaciones materiales que yo no me imagino para mí. Pero ninguno de los dos sufrió hambre. Los dos pudieron estudiar y, siendo mucho más jóvenes que yo, tenían la vida encarrilada. Cuando pienso en su generación siento que somos un espejo: ellos nacieron en una miseria de la que fueron emergiendo, y nosotros crecimos en una abundancia que se ha ido desvaneciendo. Y entiendo que el pasado es un lugar muy amplio y con muchas capas; no me habría gustado tener los 30 años de mi abuelo, pero envidio los de mi padre.

El pasado no fue una sola historia. La narrativa sobre los pueblos, la que le han tirado a Ana Iris a la cabeza, es la de una única historia: la de la generación de nuestros abuelos, la de la Guerra Civil y la posguerra. Y es solo una de las muchas que se podrían contar. La modernidad no fue algo que cayó del cielo, aunque la ciudad siga mirando a lo rural como una inmensa reserva habitada por exóticos indígenas. 

Tanto es así que no falta un cierto espíritu civilizador. Porque Ana Iris es de un pueblo manchego, pero las redes se han llenado de gente explicándole cómo eran las cosas allí, lo mal que vivían sus padres y sus abuelos y lo equivocada que está. Necesitan las provincias de España que alguien de Madrid les instruya sobre lo terrible que era todo y cómo ahora deben dar gracias, aunque ese alguien solo haya pasado por aquí para ir a la playa o para hacer senderismo algún domingo y no sepa cómo se vive ni lo que es encadenar un año tras otro sin perspectivas de futuro.

Mi hermano me contó una vez algo interesante sobre la vendimia, algo que le confesó un hombre del campo. Uno que había trabajado en la viña desde muy crío. Era sabiduría popular en los pueblos de La Mancha que el campo era antiguamente mucho más duro que ahora. En los tiempos antiguos sí que sufrían, pero no se quejaban, no como vosotros que por cualquier chorrada ya estáis llorando. “¿Sabes qué?”, le dijo aquel hombre a mi hermano. “A mí la vendimia se me hace más dura ahora”. Y tenía un buen motivo. Le dijo que, aunque la vendimia siempre fue difícil, se hizo aún peor con la generalización de los tractores. Se trabajaba mejor cuando iban con un carro de mulas. El tractor lo había acelerado todo. Había que coger más kilos en menos días. Les obligaba a correr. “Pero no se lo cuentes a nadie”, le decía riendo. Porque, medio en broma medio en serio, aquello era admitir algo inaceptable: que el pasado no siempre era tan terrible. Aceptar que existen muchas dimensiones; que algunas cosas eran mucho peores, y otras no tanto. 

Pero la idea que nos ha llegado, la única historia, es la de que el pasado era un lugar horrible. Y si crees o te planteas lo contrario, o eres un ingenuo o un fascista.

21.2.21

Cancelar la empatía

La multitud quiere cancelar a Sia por dirigir un musical donde Maddie Ziegler, quien no es autista, interpreta a un personaje autista. Unos piden que la película se retire de los Globos de Oro y se anule su emisión de forma definitiva y otros lo extienden a que Sia como personaje público sea enterrada en el olvido.

Da igual que Maddie, que de hecho es un genio, lo haga bien o mal. No importa que Sia haya pedido perdón a sus perseguidores, que haya borrado su Twitter o cuánto se haya esforzado en el pasado por ser vista como un buen miembro de tan improbable iglesia. No se puede escapar al tentáculo de la cancelación.

Quiero abundar en la representación, el detonante de este linchamiento y de muchos que hubo antes. Una actriz que no es autista no puede interpretar a un personaje autista. Un principio que se aplica a cualquier grupo humano. Sucede también con otras artes, con la literatura. No puedes escribir un personaje homosexual si tú eres heterosexual, por ejemplo. Aunque en la interpretación es significativo porque actuar consiste precisamente en ser algo que no se es.

El valor al que apuntan es la empatía. Es cierto: alguien no autista no puede visualizar el mundo como lo haría un autista. Un hombre, por mucho que abstraiga su mente, no puede percibir la realidad como una mujer y viceversa. Pero el ser humano puede hacerse la pregunta: ¿qué siente el otro? Y aunque no logres mimetizarte con el prójimo, puedes aproximarte lo máximo posible a sus emociones, a su interior, y compartir su sufrimiento.

La cultura de la cancelación no entiende este acercamiento. No concibe que alguien intente, incluso desee, ponerse en la piel de otro. Rechaza que una persona use su imaginación para viajar al universo ajeno. Tal cosa debe evitarse y, si sucede, arrepentirse y pedir perdón. En suma, cancelar la empatía.

William Faulkner decía que el corazón humano en conflicto consigo mismo es lo único sobre lo que vale la pena escribir, algo que no comparte esta nueva ideología del odio. Para ellos no hay un "corazón humano" sino un corazón blanco, afroamericano, autista, neuronormativo, homosexual o cisgénero. Cada uno a solas en el centro de su propio mundo aislado e impermeable.

11.1.21

Cumpleaños mudos

Los cumpleaños solo existen por el significado que les damos y el papel que juegan en nuestra existencia. Un cumpleaños solo lo es si sabemos que lo es, o si lo saben los demás. Si alguien ignora el día que nació, por ejemplo - lo que debía ser habitual en tiempos antiguos - pasará su cumpleaños como una jornada normal y no habrá significado nada. Se irá a dormir sin saber que hace exactamente equis años estaba saliendo de entre las piernas de su madre.

Hace un par de años yo trabajaba de camarero en una ciudad donde no conocía a nadie. Cuando llegó el día, decidí no contarle a los compañeros que era mi cumpleaños. Precisamente por esto pasó como una jornada más, tanto que al cabo de unas horas yo mismo no me acordaba. Hasta que al cerrar, mi compañera vio una notificación en Facebook y me felicitó. Durante unos minutos la fecha dejó de ser un simple número y se convirtió en "mi cumpleaños".

Pero un cumpleaños siempre tiene una mínima relevancia simplemente porque sucede. Si en nuestro interior sabemos que una fecha es el aniversario de alguien, deja de ser una fecha ordinaria. Yo tuve que plantearme si le contaba o no a los compañeros que era el mío, y el hecho de que aquel día conllevase una decisión lo vuelve significativo, ya que un día regular no supone reflexión alguna. Pero hasta el último momento, cuando Facebook me delató, solo era mi cumpleaños para mí mismo, ya que los demás no sabían nada.

Seguro que habéis vivido esta situación en que realmente no tiene sentido seguir felicitando a alguien, normalmente a tu ex, pero ninguno de los dos quiere ser "el borde" que da el primer paso y deja de acordarse. Yo me vi en esta tesitura con alguien durante un par de años hasta que en una ocasión se me pasó enviarle un mensaje. Mi vida había tomado un rumbo tan distinto que esa fecha perdió su significado. El cumpleaños dejó de serlo desde mi punto de vista.

Es muy distinto cuando recuerdas bien un cumpleaños y "no quieres" o no puedes felicitarlo. Una vez me enamoré muchísimo de alguien con quien la historia terminó muy mal. Cuando llegó el día de su cumpleaños tenía que pelearme conmigo mismo para no agarrar el teléfono y felicitarla. Era una fecha muy señalada pero no quería o no debía escribirle.

La cosa va más allá cuando tú eres el único que sabe que es el cumpleaños de una persona importante para ti. Por ejemplo, es el cumpleaños de tu ex pero vives en otra ciudad, tienes otros amigos y todo tu entorno ignora que cumple años hoy, o quizá ni saben que existe o han oído de ella solo lo que tú les has contado. Nadie te pregunta: "¿has felicitado a Fulanita?" 

Es justo al contrario que aquella vez en que yo fui el borde que dejó de felicitar por descuido, pues entonces era su cumpleaños para ella y los suyos, pero se trataba de una fecha irrelevante para mí. En este caso, en cambio, tú sabes que está siendo el cumpleaños de alguien, pero todos en tu entorno inmediato lo ignoran. Es un cumpleaños silencioso, mudo.

En estas ocasiones el cumpleaños ajeno puede tener una connotación dolorosa porque se convierte en un pálpito del pasado y reabre una vieja herida. Te da una visión de todo lo que has perdido, no solo a la persona especial con la que ya no hay contacto, sino todo cuanto la rodeaba, todo lo que te conectaba a ella. El mundo compartido en que habitabais ya no existe, se ha ido para siempre. Y en el mundo nuevo su cumpleaños no significa nada, es una fecha anodina.

En estos momentos te sientes un poco alien, un bicho raro en un universo ajeno. Como la vez en que tomando algo con colegas suena una canción que te encanta y que un día fue muy famosa, pero ahora eres el único de todos que la conoce. Es como si acabases de llegar de otro planeta.

Te acompaña una sensación de impotencia porque no puedes felicitar a alguien importante que salió de tu vida. Tampoco puedes contárselo a los demás o, más específicamente, si se lo cuentas les dará igual porque esa persona y la historia que tuviste con ella no han jugado un papel para ellos, no ha sido una trama en su argumento. En días así hay que respirar hondo y afrontar el olvido.

Un cumpleaños mudo puede ser cualquier día. Quizá el amor de mi vida cumpla años hoy. O quizá no. No hay diferencia.

Por si acaso, y aunque se pierda en el vacío, felicidades.