2.3.18

La singularidad tecnológica y mis circunstancias


El verano siguiente a mi epifanía tecnológica me obsesioné con la belleza de lo humano, convencido como estaba de que caminábamos sin remedio hacia un apocalipsis robótico.

Cada instante me parecía precioso y me sentía en comunión con mi propia especie. Recuerdo estar en la terraza de un café y observar cada gesto, a cada persona, lleno de compasión y empatía.

Comencé a leer sobre inteligencia artificial amigable y descubrí que algunos científicos confiaban en garantizar la coexistencia de hombres y máquinas, con la esperanza de evitar que la rueda de la evolución aplastase a la especie humana.

Los primeros textos que escribí sobre el tema y que quedaron como borradores de este blog son, parece increíble, de hace ya cuatro años. En uno de aquellos esbozos lamentaba que la visión de los tecnoentusiastas se hubiera impuesto, quedando en las sombras cualquier forma de humanismo.

Pero en todo ese tiempo en que esta bitácora quedó en silencio, con aquellas entradas guardadas en un cajón, mi vida proseguía y mis ideas se iban transformando.


Años atrás, la visión eufórica de Kurzweil me parecía inhumana, aunque siempre simpaticé con una humanidad modificada para mejor o, al menos, dotada de máquinas inteligentes que terminasen con las desigualdades y la injusticia.

La idea de abandonar la humanidad misma, sin embargo, acaso trascender en un universo virtual dentro de una matriz sintética, se me antojaba apocalíptica.

Pero medio lustro después, y aun considerándome empático, mis simpatías transhumanistas se han ampliado y rozan el posthumanismo. Ya no soy tan reticente a aceptar un escenario en el que nos desprendamos de nuestros cuerpos, de nuestra individualidad, de lo que entendemos por identidad y consciencia.

La cuestión es que este cambio no es producto solo de mis lecturas o mis reflexiones, sino de mis vivencias y mi situación personal. Cuando nació mi interés por este tema yo tenía, por así decirlo, una mejor relación con la especie humana.

Las atrocidades, el sufrimiento y el horror del mundo me empujan a plantearme que al ser humano, más allá de redimirse, no le cabe quizá más opción que superarse a sí mismo por medio de la tecnología. Dejar de ser y renacer en otra cosa.

Pero, y de aquí nace esta reflexión, no es solo el estado del mundo el que me ha empujado a estas ideas, sino me propia vida, mis propias circunstancias. El descubrimiento de nuevas formas de maldad e injusticia que a menudo me afectaron directamente.

¿Cómo pensaría hoy si estos cuatro años hubieran sido de progreso y no hubiera experimentado la perversidad humana que me ha abierto los ojos a esta nueva dimensión del transhumanismo?

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