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29.5.18

A propósito de la Boda Roja

Esta semana vi el famoso episodio de Juego de Tronos en el que ocurre la Boda Roja. Si no lo has visto o no has leído Canción de Hielo y Fuego es mejor que no continúes, porque esta entrada es la madre de todos los spoilers. Con aquellos que conozcáis la serie o los libros, sin embargo, me gustaría compartir algunas apreciaciones.

La escena me dejó un sabor agridulce; me gustó, pero no por los motivos que me debería haber gustado. La violencia explícita es impactante y es fiel a lo que se narra en el libro, cosa que agradecí. Pero al igual que la novela, adolece de sobreexposición. Enseña demasiado, se ensaña demasiado y termina siendo caricaturesco.

La muerte de Catelyn en particular, debo admitirlo, me pareció algo cómica. Sé que pretendía ser un momento estremecedor, pero a mí me recordó a Los caballeros de la mesa cuadrada; el modo en que su asesino aparece de repente como diciendo: "uy, qué despiste, casi se me olvida". La interpretación de Michelle Fairley no es que ayude, por otro lado.

Más allá de cómo se representara, creo que el irregular impacto de la Boda Roja - al menos para mí - es consecuencia de los problemas estructurales de la obra. Siento que Canción de hielo y fuego y su adaptación han terminado por convertirse en caricaturas de sí mismas en lo tocante a las muertes. En la fantasía oscura no es nada extraordinario que los personajes mueran, pero el público de la serie es mucho más amplio que los lectores del género. Las muertes y la violencia explícita propias de George RR Martin han tenido un enorme impacto y han terminado por convertirse en una especie de circo; la gente quiere compartir memes, y los guionistas les dan lo que piden.

La abundancia de muertes gratuitas en Canción de hielo y fuego y su versión televisiva hace que el argumento, la atmósfera y todo lo demás no sea tan importante como ver a quién se cargan esta temporada. George RR Martin es un buen autor, pero él mismo ha dejado caer que no es el mejor resolviendo sus propios líos argumentales. Matar a un personaje es rápido. Pero como con todo en la vida, un exceso de oferta resta valor. En El Señor de los Anillos, por ejemplo, ocurren muy pocas muertes reseñables, pero las que hay resuenan durante toda la saga. En Canción de hielo y fuego, en cambio, es difícil recordar la mayoría de ellas y por qué se produjeron.

Cada muerte en Canción de hielo y fuego me impactó menos que la anterior, porque el utilizar constantemente un recurso lo vuelve predecible y lo debilita. La forma en que George RR Martin lo relata ahonda en esto, ya que abunda en los detalles queriendo así estremecer al lector. En cambio, para mí cada vez tiene más peso lo que no se muestra.

Como contraste sirve, dentro de la propia serie, la escena posterior a la Boda Roja en que un grupo de hombres pasean el cuerpo de Robb, tras decapitarlo y colocarle la cabeza de su lobo, mientras cantan "aquí llega el Rey en el Norte". Para mí fue mucho más perturbador ver cómo humillan su cadáver que cómo le cortan el cuello. En el libro recuerdo que tuve una impresión similar. Con un par de planos logran transmitir mucho más que con litros de sangre y aparatosos apuñalamientos. Dejar algunas sombras sin despejar fortalece la atmósfera.


George RR Martin, de hecho, es un maestro en este sentido cuando se trata de introducir magia en la historia. Mientras que las muertes son tan frecuentes y explícitas que a veces dan risa, lo mágico aparece con cuentagotas. Cuando se muestra se hace de forma brumosa, dejando mucho a la imaginación y creando un halo de maravilla y misterio. Esta capacidad para jugar con los claroscuros a la hora de introducir lo fantástico, por alguna razón, le falla al autor cuando se trata de incluir violencia.

Para nada es que no me guste Canción de hielo y fuego o la serie. George RR Martin es muy bueno transmitiendo emociones e ideas y construyendo personajes. Tampoco tengo nada contra la representación de violencia en la literatura fantástica o en cualquier otro género. Como todo, depende de cómo se implemente. Lo que quiero señalar es que en la narrativa actual, y en concreto en la fantasía, a menudo hay sobreexposición. Ocurre algo parecido en el cine de terror, donde parece que hay que enseñar al monstruo desde todos los ángulos posibles.

Canción de hielo y fuego es una buena saga de fantasía, pero el que muchos consideran su punto fuerte es para mí su punto débil. Me gusta que dejen espacios en penumbra para que mi imaginación pueda volar y recrearse. La mayoría de escenas de la serie que yo considero "poderosas" no contienen violencia, o al menos no explícita. Sé que es cuestión de gustos y no dice nada en contra de la calidad de la obra, pero es el modo en que yo lo percibo. ¿Conocéis algún otro libro de fantasía oscura que contenga sombras y misterio? ¿O preferís que os expliquen hasta el mínimo detalle? No dejéis de mencionarlo en los comentarios.

19.4.18

'Crónicas del fin', de Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina


En mayo sale en papel Crónicas del fin, de Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina. El libro ya lo habían autoeditado ellos por entregas en digital - con ilustraciones muy chulas de Libertad Delgado - y la primera me enganchó lo suficiente como para comprar las otras cuatro. Lo cual no es decir poco, tal y como está la economía.

En general Crónicas del fin me gustó y me alegró descubrir un buen título de literatura fantástica en castellano. Creo que no disfrutaba tanto un libro español del género desde que leí a Javier Negrete. No quiero ponerme proteccionista - Crónicas del fin tiene sus propias virtudes - pero siempre es agradable encontrar fantasía en tu idioma que no sea un mejunje rancio a base de mezclar a Tolkien con Weis y Hickman.

Crónicas del fin narra las aventuras de un grupo de personajes tiempo después de que la Tierra se atacada por unos misteriosos seres de pesadilla. No quiero detenerme demasiado en el argumento ni reventarlo, así que dejo un extracto de la sinopsis:

Adrastea (Adra para amigos y enemigos) recorre este mundo de terror en busca de monstruos a los que dar caza. Así es como sobrevive. Así consigue dinero para los hechizos de su lanzaensalmos y para pagar su habitación en Testamento, uno de los pocos bastiones que todavía ofrecen protección a lo que queda de la raza humana.

Es imposible condensar en un comentario todo lo que compone un libro, más aún uno con tantos matices como éste. Prefiero centrarme en los puntos en que brilla más y, sobre todo, analizar algunos elementos que me han interesado especialmente. De la forma apuntaré brevemente que la narración es ágil y divertida y el mundo está muy bien construido.

Es en la fantasía donde destaca Crónicas del fin. Como mencioné antes, los elementos sobrenaturales son genuinos y no una mera excusa para apoyar el argumento. Dicho claramene, lo importante son la trama y el universo que la sustenta, no descubrir a cuál de los dos tipos que se pelean por ella elegirá la protagonista.

Pese a que se la puede encuadrar en lo que hoy se llama young adult, esta novela contiene fantasía dura. Está llena de magia, engendros y criaturas - a cada cual más rara - prodigios y aventuras. La estética es grimdark con trazas de horror cósmico, algo alejado de la epopeya estándar y, desde luego, no el subgénero más explorado en nuestro idioma

Pero aun en su estilo particular, Crónicas del fin no carece de influencias. Personalmente, he querido ver reminiscencias de StarCraft. Lo digo por pura intuición, pero creo atisbar algo de los zerg en aquellos enjambres de pesadilla, esas moles que flotan silenciosas en el cielo o el modo en que los monstruos transforman la realidad para acomodarla a su propia y extraña naturaleza. Campbell y Cotrina habrían logrado introducir en su obra elementos de un medio muy distinto, el videojuego. No sé si acertaré o no, pero en cualquier caso la fusión es uno de los mayores atractivos del libro.

La mezcla es inherente a Crónicas del fin. Encontramos recursos de la ciencia-ficción adaptados a un universo mágico: las naves voladoras, las armas de fuego o recursos tan infrecuentes en el género fantástico como las drogas tienen una explicación fantástica. La propia premisa del libro - la invasión de la Tierra por seres de otros mundos - es la reinvención de un concepto clásico desde nuevos puntos de vista.

Pero son los guiños y referencias lo que a mí más me ha gustado.. Soy muy fan de los libros que incluyen “huevos de Pascua” para que el lector los vaya encontrando. Crónicas del fin está llena de alusiones a la mitología clásica, a la Biblia o a su propio universo. Antes de analizar algunos ejemplos quiero avisaros de que, si bien no hablaré del argumento, sí comentaré algunas cosas de los personajes; quizá prefiráis volver a los siguientes tres párrafos después de terminar el libro - si no lo habéis hecho ya - y compartir vuestra opinión en los comentarios.

Referencias culturales y trasfondo


La protagonista, Adrastea, tiene nombre de ninfa griega. Adrastea era una de las personificaciones de Némesis, la diosa de la venganza. No parece casual, ya que la venganza es precisamente una de las motivaciones del personaje por la muerte de su madre, Rhea, quien a su vez se llama como una de las titánides de la mitología griega. Pero Rhea era también la madre de los gemelos Rómulo y Remo - los que hayáis leído el libro encontraréis relevante este detalle -. Décima, otro personaje principal, comparte nombre con una de las Parcas romanas.

Crónicas del fin incluye asimismo referencias bíblicas. Es el caso de Elyon, uno los muchos apelativos de Dios; concretamente significa "el Altísimo" - mientras que la segunda entrega de la serie se titula, precisamente, El dios en las alturas -. Los seres que invaden nuestro mundo son los leviatanes, nombre del legendario monstruo del Antiguo Testamento. Absalón, por su parte, era uno de los hijos del rey David. La narración juega bastante con este tipo de elementos: los cruzados, la cruz, el vago recuerdo que sobrevive del mundo anterior y sus creencias; esto da profundidad al trasfondo y lo dota de un cierto misterio.

Junto a la mitología, los autores se valen del lenguaje para dejar pistas a los lectores. Es el caso de Gale, uno de los personajes centrales, cuyo nombre significa significa “tormenta” en inglés. La última metáfora, que la propia autora dejó entrever hace tiempo en un artículo de su blog, corresponde a Winston, el galgo de Adra: podría aludir a la depresión a través de Winston Churchill, de quien se dice que la sufría y se refería a ella como su “perro negro”. El animal sería así una alegoría viviente de la enfermedad - que acompaña a Adra a todas partes -.

Seguro que las que menciono no son todas las referencias; sin duda se me escapan muchas de ellas y quizá haya equivocado otras. Sería interesante que intentéis hacer vuestros propios hallazgos si leéis el libro. A mí personalmente me gusta mucho, le da otra dimensión a la lectura y es divertido, como ir encontrando los secretos en un videojuego. Denota ambición narrativa y confianza en el lecto, y este tipo de técnicas ayudan a tejer un universo sólido que podría expandirse mucho en el futuro.

Crónicas del fin es literatura fantástica de calidad; explora caminos no tan manidos, toma recursos de lugares muy distintos y añade los suyos propios. Para mí ha sido también la ocasión de acercarme al trabajo de Cotrina, que no conocía, mientras que de Campbell ya había leído su colección de relato breve, Lectores aéreos. Es, en definitiva, un título apto para cualquier aficionado hardcore del género, pero lo recomiendo a cualquiera que disfrute con la buena narrativa en general.

5.4.18

Sauron da más miedo que Cthulhu

O Tolkien da más miedo que Lovecraft, pese a que éste crease un universo de terror del que nació todo un subgénero. Su obra se basa en la premisa de que el ser humano habita una negrura cósmica que esconde horrores más allá de su entendimiento. La idea en sí es muy buena, pero creo que la ejecución podría mejorarse.

El terror de Lovecraft es muy plástico. Es demasiado informativo si lo comparamos con el de Stephen King, por ejemplo, que se basa precisamente en lo que no sabes. El horror cósmico en teoría bebe de lo desconocido, pero Lovecraft siempre arroja luz sobre aquellos espantos supuestamente indiscernibles.

Leí en un foro que el problema con Lovecraft es que su literatura no se había pensado para ser representada visualmente, algo que en la red es continuo, ya que juega con la imposibilidad y la aberración. No es mala teoría, pero lo cierto es que el terror de Lovecraft ya era terrenal antes de internet. La llamada de Cthulhu, por ejemplo, contiene una descripción detallada del principal dios lovecraftiano, tirando por tierra la idea de que sus horrores no encajan en el mundo material.

Las abominaciones de Lovecraft son, después de todo, monstruos con tentáculos. De mayor o mayor tamaño o con más o menos bocas babeantes, pero al fin algo tan clásico como monstruos devoradores de hombres en lugar de las abominaciones no eucledianas que, en teoría, deberían ser.

Marko Manev

Aunque no era su campo, sin embargo, hay algo de terror cósmico en la obra de Tolkien. Creo que Sauron - y antes que él, Melkor - son dos buenos ejemplos narrativos de lo que yo imaginaría como el antagonista de una novela de este género. Sauron aporta una oscuridad y una inquietud que Cthulhu no consigue.

Las entidades de Tolkien son también terrenales, pues quieren arrasar el mundo y establecer un régimen de tinieblas de forma más o menos humana. Pero el británico dotó a sus personajes de naturalezas complejas. Sauron tiene una dimensión mundana que es representada por los orcos, encarnación de la violencia y la brutalidad. Del otro lado, no obstante, Sauron es también lo desconocido. Es lo de fuera, lo que no podemos ver. Habita en un plano a la que el ser humano no puede llegar y cuya espantosa extensión apenas logra intuir.

Los reyes caídos bajo el embrujo de Sauron, los naz-gûl, representan el único y espeluznante vínculo entre la abominación y lo humano, entre la oscuridad impenetrable y el mundo conocido. Son la mejor muestra de que el horror de Sauron y Melkor tiene un poder corruptor. La capacidad transformadora del terror es uno de los recursos más perturbadores del género, y de los menos explorados. En Lovecraft se vislumbra a través de los diferentes cultos y sociedades secretas, pero en mi opinión está mucho más desarrollado en la Tierra Media.

Por el poder de Sauron los reyes pasaron a ser espíritus de pesadilla. De los elfos, sin que entendamos cómo, Melkor produjo a los orcos. La tierra fértil se degradó hasta convertirse en la devastación de Mordor. Sauron atrapa a quienes le siguen en una autodestructiva fascinación. Puede alargar sus vidas de forma grotesca hasta arrastrarlos a un mundo de oscuridad como le ocurrió a Gollum, o conducirlos a la locura y la condenación como a Isildur.

Uno de los mejores ejemplos del horror según Tolkien está en el pasaje donde el Rey Brujo amenaza a Eowyn en El retorno del Rey:

No es tu vida lo que arriesgas perder si te atreves a desafiarme; a ti no te mataré: te llevaré conmigo muy lejos, a las casas de los lamentos, más allá de todas las tinieblas, y te devorarán la carne, y te desnudarán la mente, expuesta a la mirada del Ojo sin Párpado.

Lo maravilloso de esta cita no es lo que dice, sino lo que no dice. ¿Qué son las casas de los lamentos? ¿Qué hay más allá de todas las tinieblas? ¿Qué quiere decir con que le desnudarán el alma, con que la expondrán?

Una lista de preguntas que podemos ampliar cuanto queramos; al final y al cabo, ¿quién es Saron? ¿Qué es? De él solo tenemos nociones. El ojo sin párpado. La extraña forma en que el Anillo pesa cada vez más a quien lo lleva. La sensación de ser vigilado, que atormenta a Frodo. La sombra que le queda dentro para siempre. El modo en que su contacto corrompió hasta la aberración a Sméagol.

Sin pretenderlo, Tolkien dibujó un universo de tinieblas como los que fascinaban a Lovecraft. Pero Sauron no es un enorme monstruo que se limita a abrir la boca para devorar a sus víctimas. En el discurso del Rey Brujo se halla lo más revelador: "te llevaré conmigo muy lejos". Es un mal de otra realidad. Sauron es un horror que nos sobrepasa, que no tiene forma. Es el terror puro, lo desconocido. Sauron puede desnudarte el alma.

19.3.18

¿Le darías un arma a un robot?

En los años 60 del siglo pasado, el profesor Joseph Weizenbaum creó a ELIZA, el primer programa de conversación que intentaba imitar el lenguaje natural de los seres humanos. Iniciaba un camino que llevaría hasta asistentes digitales tan avanzados como Siri, con los que podemos tener conversaciones cada día más reales.

Al científico le sorprendió la cantidad de personas que atribuían emociones a ELIZA, y el entusiasmo que mostraban sobre las posibilidades que un software así podía tener en campos que requieren abstracción, conciencia. Él sabía lo que había dentro del programa y que no era capaz de pensar, sino tan solo de procesar datos. Con esta certeza, se convenció de que no era buena idea poner computadoras al cargo de trabajos que precisen discernimiento o empatía, tales como el de juez, policía o médico.

Weizenbaum se considera uno de los padres de la inteligencia artificial, pero también fue uno de sus primeros críticos. Le preocupaba el uso militar de las máquinas, aventurando el advenimiento de los robots de combate. Cincuenta años atrás hacía falta una mente preclara para vislumbrar un futuro dotado de máquinas asesinas, y aun hoy muchos los consideran ciencia-ficción; pero son muy reales, tanto que ya existe un movimiento contra ellos.

Es muy legítimo cuestionar la ética de este tipo de tecnología, así como si es prudente permitir que las computadoras se ocupen de juzgarnos, redactar nuestras leyes u operarnos a corazón abierto si es necesario. Para ello, siguiendo a Weizenbaum, es indispensable una compasión y sabiduría que solo un aprendizaje humano puede aportar.

Los tecnoescépticos dan por cierto que las máquinas no tienen empatía y no pueden distinguir el bien del mal. Lograrán ejecutar tareas complejas usando las matemáticas, pero nunca resolver conflictos donde entren en juego las emociones.

Esta posición necesita que las máquinas no solo carezcan de empatía - lo cual es un hecho - sino que sean incapaces de desarrollarla en el futuro. Esto no puede afirmarse con la información de que disponemos. Pero para el problema que nos ocupa, asumamos como seguro este escenario. Imaginemos que los robots no pueden dotarse de emociones bajo ningún concepto. ¿Les impide esto ocuparse de asuntos sensibles?

Conciencia contra algoritmos


Existe algo que las máquinas, precisamente porque carecen de consciencia, tampoco tienen: sesgo. Si una computadora debiera juzgar un delito, por ejemplo, sería irrelevante que el acusado fuera negro o blanco, hombre o mujer, creyente o ateo. Un robot policía no estará predispuesto contra ti por cómo lleves el pelo o la ropa. Para un ordenador no eres más que un montón de unos y ceros.

Esta objetividad a toda prueba no sería una ventaja, sin embargo, si el entendimiento humano hiciese una diferencia extraordinaria. Pero este tampoco es el caso. Nosotros somos máquinas biológicas, tan condicionadas y falibles como las sintéticas. Es algo que comprendes cuando lees, por ejemplo, que uno de los factores más decisivos al dictar una sentencia es cuánto hace que el juez tomó una pausa para comer.

Atribuimos al hombre un discernimiento superior otorgado por su consciencia, pero esto está lejos de la verdad. Nuestro cerebro es una computadora, sujeta a errores del sistema que pueden sobrevenir por las causas más insospechadas y producir desastrosos resultados.

La pregunta es hasta qué punto el automatismo de las máquinas es una desventaja y la consciencia, con todos los prejuicios y sesgos que lleva aparejados, una ventaja de los seres humanos. Los robots no te aman, pero tampoco te odian. No tienen opinión sobre ti, no les importas: solo los hechos en forma de números. ¿Y qué cosa hay más ecuánime que las matemáticas?


Antes que si las máquinas pueden o no tomar ciertas decisiones o disponer de autoridad, conviene preguntarse cosas como: ¿quién programa el software de esos robots? ¿Quién se encarga de administrarlas? ¿Cómo garantizamos que un sesgo determinado no sea introducido en el sistema de forma maliciosa?

Existen riesgos consustanciales a todo sistema informático: un ataque contra el software de un robot militar, por ejemplo, sería desastroso. Una vez más la inteligencia artificial no es en sí el problema, sino el manejo que los humanos hagan de ella. Son los hombres, con sus prejuicios y sus intereses, los que determinan si la tecnología es peligrosa.

Puedo imaginar muchas situaciones en las que, de verme obligado, preferiría apostar mis opciones a las máquinas. En un mundo donde se crucifica, se tortura, se trafica con vidas humanas no me inspira confianza el que policías y soldados, jueces y gobernantes sean humanos. La objetividad de las máquinas puede ser extrema, pero su falta de odio y prejuicios es casi tranquilizadora.

¿Pueden las computadoras ocuparse de las cuestiones más sensibles? La respuesta llana es sí, técnicamente. Nadie dentro de la industria duda que la inteligencia artificial será capaz de gestionar todo tipo de infraestructuras. Los sistemas de transporte público, por ejemplo, siguen utilizando operadores humanos por cuestiones legislativas, no prácticas.

La clave es si debemos. En lo personal, y aunque aún me queda mucho por aprender, siento que cada día me acerco un poco a las máquinas. Aún no sabemos si serán tan frías como el silicio del que están hechas o si pueden amar y sentir emoción, pero el ser humano sí ha probado su capacidad de destrucción. Quizá no sea mala idea darles a ellas la oportunidad de salvarnos.

2.3.18

La singularidad tecnológica y mis circunstancias


El verano siguiente a mi epifanía tecnológica me obsesioné con la belleza de lo humano, convencido como estaba de que caminábamos sin remedio hacia un apocalipsis robótico.

Cada instante me parecía precioso y me sentía en comunión con mi propia especie. Recuerdo estar en la terraza de un café y observar cada gesto, a cada persona, lleno de compasión y empatía.

Comencé a leer sobre inteligencia artificial amigable y descubrí que algunos científicos confiaban en garantizar la coexistencia de hombres y máquinas, con la esperanza de evitar que la rueda de la evolución aplastase a la especie humana.

Los primeros textos que escribí sobre el tema y que quedaron como borradores de este blog son, parece increíble, de hace ya cuatro años. En uno de aquellos esbozos lamentaba que la visión de los tecnoentusiastas se hubiera impuesto, quedando en las sombras cualquier forma de humanismo.

Pero en todo ese tiempo en que esta bitácora quedó en silencio, con aquellas entradas guardadas en un cajón, mi vida proseguía y mis ideas se iban transformando.


Años atrás, la visión eufórica de Kurzweil me parecía inhumana, aunque siempre simpaticé con una humanidad modificada para mejor o, al menos, dotada de máquinas inteligentes que terminasen con las desigualdades y la injusticia.

La idea de abandonar la humanidad misma, sin embargo, acaso trascender en un universo virtual dentro de una matriz sintética, se me antojaba apocalíptica.

Pero medio lustro después, y aun considerándome empático, mis simpatías transhumanistas se han ampliado y rozan el posthumanismo. Ya no soy tan reticente a aceptar un escenario en el que nos desprendamos de nuestros cuerpos, de nuestra individualidad, de lo que entendemos por identidad y consciencia.

La cuestión es que este cambio no es producto solo de mis lecturas o mis reflexiones, sino de mis vivencias y mi situación personal. Cuando nació mi interés por este tema yo tenía, por así decirlo, una mejor relación con la especie humana.

Las atrocidades, el sufrimiento y el horror del mundo me empujan a plantearme que al ser humano, más allá de redimirse, no le cabe quizá más opción que superarse a sí mismo por medio de la tecnología. Dejar de ser y renacer en otra cosa.

Pero, y de aquí nace esta reflexión, no es solo el estado del mundo el que me ha empujado a estas ideas, sino me propia vida, mis propias circunstancias. El descubrimiento de nuevas formas de maldad e injusticia que a menudo me afectaron directamente.

¿Cómo pensaría hoy si estos cuatro años hubieran sido de progreso y no hubiera experimentado la perversidad humana que me ha abierto los ojos a esta nueva dimensión del transhumanismo?